Llueve, otra vez sopa.

Otra vez la clásica crisis argentina del verano. Ha llegado el Circo. Otra vez el reality del verano. Otra vez el país hace un nuevo salto al abismo. Una aburrida sucesión de tonterías protagonizado por todas las fuerzas políticas que compiten en peleas y maledicencia  frente al devaluado mundo farandulero de Rial y la Colorada. Se supone que lo que vemos vende.

Mientras ellos se divierten en su repetido jueguito infantil  que desgasta al país y en la que sólo se pretende “ganar” aunque todos saben, sabemos,  que en este juego no hay ganadores.  Nosotros, las multitudes de a pie, andamos desconcertados, reflejando lo que los medios desean que opinemos.  Sin poder hacer otra cosa, librados al pánico colectivo, rodeados de rumores maledicentes, la mala leche de los medios y la aterradora falta de responsabilidad  de los políticos, corremos en círculos sin llegar a ninguna parte.

Uno de los rasgos que pasa desapercibido cuando se analiza la política de esta temporada estival es su infantilización. Gente de todas las edades,  bien vestida y supuestamente educada se pelea como niños en el aula cuando el profe no está.

Es que son expertos actores mediáticos, actores modelados por los medios  a su vez dedicados a modelar a la opinión pública a través de esos mismos medios, a veces de forma delincuencial como en la época de la pizza y el champagne. Es poco lo que se ha dicho de una de las consecuencias nefastas de esta mediatización autoreferente y perversa de la política: su infantilización o, en el mejor de los casos, su transformación en la más mala película de adolescentes.

El aquí y ahora, el instante autoreferente nos hace seguir a los mesías tuertos de un bando u otro que neciamente nos proponen soluciones que sólo restan.   Los intereses particulares andan confundidos con lo público y todos manoseados.

Como hace doscientos años la entrada al segundo decenio del siglo nos encuentra separados y dominados en una encrucijada que somos incapaces de resolver sin las herramientas críticas para analizar esta nueva realidad. Los necios que no conocen otra cosa procuran frenar el avance de la historia con las herramientas que conocen. Desestabilizar, hacer golpes mediaticos, económicos o intentando el golpe a la hondureña, ya que el mas simple, el de los militares ha quedado fuera de moda aunque nunca se sabe que apoyarán los demócratas norteamericanos con el patio trasero.

Mucho ruido y pocas nueces. Un pedo de vieja.

Mientras que por allá en Europa consolidan nuevas alianzas continentales en un mundo multipolar por aquí Brasil se destaca por sus políticas de Estado y su visión nacional de desarrollo como referente mundial.

La reacción frente a la globalización salvaje con el terrorismo yihadista permitió crecer a los halcones en Estados Unidos en un efímero imperio que, con la administración Bush, dieron una respuesta que dejó al descubierto las falencias y mezquindad de un modelo obsoleto de liberalismo salvaje.

Este nuevo orden reposa no sólo sobre los grandes polos, sino también sobre esa textura de potencias intermedias que Parag Khanna ha llamado “el Segundo Mundo”. La tercera década se ha iniciado con el fracaso de la cumbre de Copenhague sobre cambio climático, que ha puesto de relieve, entre otros elementos, que las piezas globales se van perfilando aunque aún no han encajado, y tardarán en hacerlo. Esta década debe ser la de la consolidación de un nuevo orden, de nuevos actores y nuevas reglas e instituciones. Por ello era importante que estuviera España en ese foro definitorio que es el G-20 y por eso es importante que la Unión Europea se ponga en forma ante los retos que se le plantean para defender sus valores y sus intereses. Pero la Unión sólo logrará ser fuerte hacia fuera si lo es hacia dentro. Son agendas íntimamente ligadas, especialmente con la crisis, cuyas secuelas van a condicionar el nuevo orden: más incertidumbre, menos confianza en el mercado, dudas sobre los efectos de la globalización y, a resultas de todo, mayor presencia del Estado. Si Bill Clinton fue el presidente globalista y George W. Bush el imperial, Obama es el presidente multipolar, aunque ahora su Administración prefiere usar el término multipartner, multipartenariado o red de asociaciones, concepto que, tal como lo expuso la secretaria de Estado, Hillary Clinton, versa no sólo sobre Estados, sino sobre grupos e individuos privados o del Tercer Sector. Esta nueva visión demuestra que Estados Unidos ya no cree posible defender sus intereses y gestionar el mundo en solitario, pero sí pretende seguir estando en el cruce de ejes. Sigue siendo la primera potencia militar, cultural (incluida, pese a la crisis, la cultura financiera) y económica. Y lo será durante bastante tiempo, más allá de esta transición. En otros tiempos, esta transición se habría hecho con violencia entre o en el seno de los polos. Pero la guerra a gran escala ya no es posible, o al menos no es probable, porque destruiría demasiado, incluso sin armas nucleares. Habrá otro tipo de competición y de coordinación, a veces regional, otras global. Siguen las guerras, aunque nunca ha habido menos en los últimos tiempos, a pesar de Irak y Afganistán. Lo que sí hay es ese terrorismo de nuevo cuño que surgió en la década anterior, aunque sus semillas se plantaron anteriormente. La idea del progreso se ha desvanecido. Hay un colapso del futuro en el presente, como lo expresa Fernando Valles-pín. La idea de que nuestros hijos vivirán peor que nosotros choca con la del progreso, al menos en Occidente, pues el gran cambio de estas décadas pasadas ha sido el que 2.000 millones de personas hayan salido de la pobreza y se esté conformando una nueva gran clase media global, aunque queden más de 1.000 millones, y creciendo, en esa situación. De ahí la importancia de un volantazo -que España pretende que la Unión Europea impulse en este semestre- para el cumplimiento efectivo en 2015 de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que han de desembocar en un enorme ejercicio de inclusión. Es necesario que Europa sea uno de los polos y se sitúe. Ya no es sólo una cuestión de voz conjunta, sino de actuar los europeos en y como una unión. Algún progreso importante se ha dado en esta crisis en el terreno financiero y económico. Salir de ella bien exigirá una política económica coordinada, que no única. Como la política exterior ha de ser común pero no única. Implica tener una voz y una acción comunes en el mundo. Estados Unidos, el socio con el que nos unen más lazos económicos y con los que, junto con América Latina, compartimos más valores, lo espera. No se necesita tanto un teléfono cuanto una capacidad de interlocución y acción conjunta en todos los campos por parte de la Unión Europea. Y Rusia y China se han de convencer de que Europa pesa políticamente, de lo que no están convencidos hasta ahora. Pero el Tratado de Lisboa será poco sin voluntad política de avanzar. Las instituciones, ahora reforzadas, son necesarias, más no suficientes. De ahí la importancia de esta presidencia española que acaba de empezar y que va a ser fundacional en la puesta en marcha del Tratado de Lisboa y de sus autoridades, en pleno no ya respeto sino impulso de su letra y de su espíritu, lo que implica política económica y política exterior. Ésa es la apuesta de España, lo que significa una presidencia europeísta, que sirva para definir eso que existe, aunque no esté articulado: el interés general europeo. Cabría parafrasear a Kennedy y preguntarse no sólo qué puede hacer Europa por nosotros, sino qué podemos hacer nosotros por Europa. No es cuestión de generosidad, sino de sentido común, incluso de egoísmo bien entendido, pues más y mejor Europa redundará en nuestro beneficio. Pensar que podemos sobrevivir e influir solos como Estados naciones, como se ha tendido a pensar en varias capitales en los últimos años, es un espejismo. Esta tercera década ha de ser la de la consolidación de Europa en todos los ámbitos, desde luego en el económico, so pena de perder el tren. Es lo que se ha entendido al preparar la presidencia española, al asentar el papel del presidente del Consejo Europeo y de la Alta Representante para la Política Exterior y de Seguridad. Se invierte la sentencia orteguiana, ampliamente cumplida, de que “España es el problema y Europa la solución”. Hoy Europa tiene problemas y España (y Francia, y Alemania y todos los 27) son su solución si aúnan sus voluntades, y al salvar su circunstancia europea se salvan a sí mismas. El Tratado de Lisboa requiere una puesta en marcha, pero su entrada en vigor nos permite dejar atrás los debates institucionales para centrarnos en lo concreto, que es lo que esperan los ciudadanos y que es lo necesario para salir de la crisis, hacer ciudadanía, y asentar a la Unión como actor pleno en el nuevo escenario mundial que se va a fijar en los próximos años. Es también la forma de recuperar la idea del progreso en Europa en todos los ámbitos, político, social, económico y medioambiental. Europa puede liderar si como el Barón de Munchausen se tira a sí misma de los pelos, sale del hoyo y contribuye decisivamente a definir el nuevo mundo desde sus intereses y unos valores necesarios en este mundo.

Discursos arteros escondidos detrás de declaraciones morales. Los procesos de toma de decisiones pueden ser visualizados de 3 posibles maneras, de acuerdo al planteamiento hecho por Graham Allison hace algunos años cuando trataba de explicar la derrota norteamericana en la bahía de cochinos en Cuba.
La primera manera de verlos o interpretarlos es utilizando la metodología de la racionalidad en el proceso de toma de decisiones. El análisis racional plantea un objetivo, el establecer alternativas de decisión, el maximizar su resultado. Todas las disciplinas se sustentan en este modelo. El razonamiento lógico y la coherencia (racionalidad) del proceso explican, por lo tanto la decisión tomada. A este modelo Allison lo llamó Modelo Racional ó Modelo 1.

La segunda manera de ver las cosas y analizar las decisiones tomadas, es mediante la observación de los actores, normalmente instituciones, que toman decisiones de acuerdo a procedimientos estándar de operación. Las decisiones, son por lo tanto, consecuencia de la aplicación de estos principios organizacionales o burocráticos.

El modelo 2, también llamado burocrático, está presente en organizaciones como las Fuerzas Armadas, el Poder Judicial y los Organismos Reguladores, donde la parte procesal (procedimientos estándar de operación) priman y muchas veces condicionan el resultado final. De la aplicación de este modelo surge el adagio popular “tienes la razón pero vas preso” .

La tercera manera de ver las decisiones es que ésta es consecuencia de una pugna de poder, donde el proceso se asemeja a una partida de ajedrez, donde los actores son las piezas en el tablero. Interesa matar al Rey e interesa además planificar el mayor número posible de jugadas por adelantado.

Este modelo 3, también llamado político, explica las decisiones donde lo que prima es ganar poder, aunque muchas veces se pierda a los peones. Ganar es lo único importante aún a costa de perder todo.

Lo interesante es que en cada decisión puede tener ingredientes de los 3 modelos, y dependiendo del caso un sesgo mayor hacia un modelo en particular.

No será el momento de comenzar a re-equilibrar la balanza y pensar un modelo que sea más racional que burocrático y donde los ciudadanos, el pueblo, es decir nosotros tengamos alguna chance de ser escuchados con respeto.

A quién le caiga el sayo que se lo ponga

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