Constantino Carvallo: El cuidado del alma

En el blog del Morsa del Perú  que visito frecuentemente se sigue recordando a Constantino, el maestro, amigo y profesor de mis hijos. Que pena que ya no esté.

Dice, “El texto de Carvallo explora la búsqueda y el cuidado del alma, el colegio, la niñez. Reproduzco un párrafo y recomiendo el texto completo:

Esta educación que agrupa a todos por edades y los mete en aulas para desarrollar programas idénticos parte del supuesto de la igualdad. El año pasado uno de los libros más leídos en Francia fue de un escritor muy premiado, Daniel Pennac, el libro se titula Tristeza de la escuela y allí relata el modo como la escuela lo hizo sentir incluso muchos años después de haberla abandonado que era bruto y que no tenía talento para nada. Porque esta falta de vínculo personal, esta imposición de unas exigencias ciegas y esta, incluso, falta de sentimientos y de vínculos reales puede destruir el alma de muchos niños y niñas. Por eso Sartre en el que me parece su mejor libro, Las palabras, se complace de su educación sin padres, sin autoridades que lo empequeñecieran y restringieran su libertad. (El cuidado del alma, Constantino Carvallo)

El cuidado del alma

Inédito. Fragmento del texto leído el 26 de junio del 2008 en el auditorio de Humanidades de la Pontificia Universidad Católica durante el simposio: El cuidado del alma: cuestiones filosóficas en torno a la educación

Por Constantino Carvallo

No tengo, la verdad, una idea muy clara de qué sea el alma. Por alguna razón es una palabra que tiene un sonido y quizá un significado más hermoso que mente o que psiquis o que corteza cerebral y me parece más cercana, más propia, más encarnada, que la palabra espíritu. Alma es una voz que yo escuchaba con frecuencia cuando era niño. Por lo menos en mi infancia era una palabra que estaba allí y en contextos menos académicos que este. Mi profesor de tercer grado, por ejemplo, el gordo Cárcamo, me advertía a menudo mostrándome el filo de su larga regla: Carvallo, cállese o le voy a sacar el alma.

De modo que el alma era algo que, si bien uno tenía, no era una posesión segura y uno podía perderla en cualquier momento. Y no solo a punta de reglazos del finado Cárcamo, o de puñetes con los compañeros; también estaba el demonio tratando de negociar algo a cambio de nuestra alma. O esperando simplemente nuestra muerte tras una vida pecadora para llevarse al horno esta materia extraña que llevábamos dentro. La noción de pecado del alma tenía un oscuro sentido sexual. Mi madre, en esos inicios de los años 60 en que las mujeres no usaban pantalones, corregía a mi hermana sobre el modo correcto de cruzar las piernas porque cuando lo hacía, como a Sharon Stone, se le veía el alma. Era por supuesto un símbolo que representaba ese algo profundamente íntimo y oculto que nos habitaba.

El alma no era el yo. Era uno posesión del yo. Uno decía mi alma, alma mía, y le pedía al ángel de la guarda que la cuidase porque si bien estaba allí dentro, no era muy claro en qué lugar se hallaba.

Es curioso que esta misma distancia entre el yo y el alma se mantenga en ciertos modos de referirse a ella en segunda persona. Por ejemplo en Las Confesiones de San Agustín el alma es algo distinto al yo del que escribe. De hecho parece ser otra persona, un interlocutor. Así, por ejemplo escribe: “prosigue, alma mía, y presta mucha atención”. Y también: “¡En ti, alma mía, mido yo el tiempo!”. Y pregunta con perplejidad: “¿Pero cuál es la parte de sí que no contiene a sí misma?” Lo mismo ocurre en San Juan de la Cruz o en Edith Stein. Y también en ese bolero que por aquellos años escuchaba por la radio cantar a Libertad Lamarque y que se titulaba precisamente “Alma mía” y que decía así:

Alma mía
Sola, siempre sola,
Sin que nadie comprenda
Tu sufrimiento.
Tu horrible padecer.

En la hermosa novela de Paul Auster La invención de la Soledad el personaje, que es él mismo, no logra entrar en una sincera investigación de sí mismo y de las relaciones con su padre. Y el propio escritor cuenta que solo pudo escribirla cuando encontró la expresión de Rimbaud: Yo es otro. Está en una carta de Arthur Rimbaud a Georges Izambard, fechada el 13 mayo 1871 y dice textualmente: “Nos equivocamos al decir: yo pienso; deberíamos decir: Alguien me piensa. Perdón por el juego de palabras. Yo es otro”.

Esta misma expresión la ha tomado hace poco Bob Dylan en su libro titulado Crónicas, allí dice: “Por si esto no bastara, Suze me introdujo en la obra del poeta simbolista francés Arthur Rimbaud. Aquello fue muy importante para mí. Me crucé con una de sus cartas llamada Yo es otro. Al leerla sonaron campanas. Tenía perfecto sentido. Ojalá alguien me lo hubiera mencionado antes”.

Ese otro que está en mí, que soy y no soy yo, que lo vivo y que me vive, es lo que quiero llamar ahora el alma. En cierta manera, al ser un otro, mi alma puede serme algo lejano, desconocido, desconcertante. En el mandato socrático “conócete a ti mismo” se encuentra ya esta distinción extraña entre lo que uno es y lo que desconoce que en verdad es. Como si una duplicidad algo esquizofrénica fuera la característica de la naturaleza humana. ¿Cómo puedo desconocer lo que soy? ¿Cómo es posible que ignore mi propio ser con el que convivo sin tregua día a día? Y, extrañamente, mi alma, lo que no conozco, tiene mayor autenticidad, es más real y se aproxima mejor a lo que soy que todo aquello que yo pienso de mi mismo.

Incluso puede decirse que, como en el caso de San Agustín, la confusión respecto a quién soy y a cuáles son mis motivos para actuar, puede dominarme de tal modo que yo sea, lejos de mi alma, un extraño para mí propio ser. Enajenado es el término apropiado. ¿Es posible que, sin saberlo, sea ajeno de mí mismo? Que mientras hablo, río y me afano no sea yo mismo y que una parte de mí permanezca oculta tras la máscara de mi persona, y que esto que no logro encarnar sea la parte más esencial, más autentica, mi alma. Eso dicen los versos de Thomas Browne: “Vive un hombre en mi interior que es contrario a mi vivir”. Y también esos versos de Octavio Paz:

“De una máscara a otra
Hay siempre un Yo penúltimo que pide.
Y me hundo en mí mismo y no me toco”.

Hoy la psicología retoma el concepto abandonado de carácter o temperamento. Es evidente que nacemos con disposiciones, con modos característicos de reaccionar ante los estímulos exteriores. El miedo, por ejemplo, o la disposición a temer no es igual en todos los niños. Ni la tendencia a irritarse o a desconfiar o a deprimirse o a estar alegre sin razón. Ni la energía para atender o para distraerse es la misma en cada niño. Y así, muchas otras disposiciones que en cierta medida explican la conducta sin que el propio sujeto lo sepa. Quizá, como sostienen algunos psicólogos contemporáneos exista un “índice fisiológico de activación”, es decir un modo genético de ser, de padecer, de entusiasmarse que entra en relación con los vínculos sociales para constituir muy tempranamente el alma. Algunos sostienen que el temperamento está ya constituido en el momento en el que se adquiere la locomoción bípeda. Pero ya el educador romano Marco Flavio Quntiliano, en el primer siglo de la era cristiana, escribía así: “Tras estas consideraciones, el maestro descubrirá de qué modo debe ser tratada el alma del alumno. Existen algunos niños que se descuidan si no se insiste en su educación de manera incesante. Otros se indignan con las órdenes; el miedo detiene a algunos y enerva a otros; algunos solo alcanzan el éxito gracias a un trabajo continuo; y en otros la violencia provoca resultados…” Es decir, hay en los niños un alma diferente, una sensibilidad distinta que hay que atender.

De algún modo este es un tema fundamental de la educación: cómo influenciamos, cuánto ayudamos a que cada quien se encuentre con lo que en verdad es o por lo menos inicie la ruta de alcanzarse a sí mismo y no entre en desvíos y oscuridades que pueden mantenerlo mucho tiempo alejado de sí mismo. Parece un poco extraño, es una perplejidad, pero cualquier maestro enfrenta alumnos que creen ser lo que no son, para bien y para mal. Y niños que han sido separados de sí mismos por malos vínculos, por mensajes distorsionados de lo que deberían de ser. Niños maltratados, por ejemplo, que aceptan una culpa ajena, que piensan mal de sí mismos, que desconfían de su propio ser. O niños presumidos, seguros de ser dueños de lo que no les pertenece o convencidos de tener un atractivo que solo ellos pueden ver. O esforzados en parecerse a los demás, buscando la normalidad, la obediencia que la autoridad impone como si la felicidad fuera poseer el alma en serie.

Ayer nada más, he estado una hora intentando mostrar a un muchacho de 17 años la ira que domina su conducta. Y no la ve. La observan todos y, conflicto tras conflicto, él parece siempre estar seguro de ser la víctima y justificar así su reacción violenta. Mientras hablo con él, mientras me estrello con la coraza que lo protege de sí mismo me pregunto por el cuidado del alma y por lo que tendría que decir hoy día aquí. ¿Cómo llego a iluminar para él esa zona de sí mismo que pese a que es negada controla y domina sus actos?

Pero el problema que impide a la escuela cuidar el alma no está en sus intenciones sino en su naturaleza. Porque desde su nacimiento en la Edad Moderna su finalidad es negar la radical desigualdad de los seres humanos. La igualdad como aspiración de la ilustración se consolida en una institución que supone que el método único puede aplicarse a todos porque todos somos idénticos. Jan Comenius, el padre de las instituciones escolares modernas, escribió en el siglo XVI su libro Didáctica magna al que subtituló Cómo enseñar todos a todos. Comenius titula uno de sus apartados: “No instruir a nadie separadamente, sino a todos en conjunto”. Y agrega: “Nunca se instruye a uno solo, ni privadamente fuera de la escuela, ni públicamente en ella, sino a todos al mismo tiempo y de una sola vez.”

Esta educación que agrupa a todos por edades y los mete en aulas para desarrollar programas idénticos parte del supuesto de la igualdad. El año pasado uno de los libros más leídos en Francia fue de un escritor muy premiado, Daniel Pennac, el libro se titula Tristeza de la escuela y allí relata el modo como la escuela lo hizo sentir incluso muchos años después de haberla abandonado que era bruto y que no tenía talento para nada. Porque esta falta de vínculo personal, esta imposición de unas exigencias ciegas y esta, incluso, falta de sentimientos y de vínculos reales puede destruir el alma de muchos niños y niñas. Por eso Sartre en el que me parece su mejor libro, Las palabras, se complace de su educación sin padres, sin autoridades que lo empequeñecieran y restringieran su libertad.

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