¡es la muerte !; ¡está buenísimo!

¡es la muerte !; ¡está buenísimo!, las lecciones del Señor Tomás Abraham ¡ son la muerte !

Decir de algo que “es la muerte” nos acerca a una cosmovisión que es distinta de la que estamos habituados aquí en el sur pues nosotros los peruanos, para decir que algo está muy bien, expresivamente decimos: “es la muerte”, ja,ja,ja,”es la muerte”; como quien dice aquí :…¡es lo más!, o… ¡es lo último!.

Diversos de cultura como somos, no es extraño que habiendo visto de cerca, varias veces,  la ausencia de ojos que tiene la muerte, nos afecte de manera distinta, menos occidental.

En estos territorios del sur, en los que sus habitantes andan siempre olvidando alguno de sus orígenes o banalizando los que creen que son políticamente correctos, de “eso” no se habla. Por eso es agradable leer al señor Tomás como si lo escuchase en una charla de amigos(aún no he tenido el honor).

Entonces sabáticamente, me pongo a leer con placer “Breve historia de la filosofía”, que escribe Tomás Abraham en el prestigioso blog argentino La Lectora Provisoria que en sus lecciones 64 y 65 habla de la muerte en Platón y Sócrates. Su confiable reflexión me acerca a mis dudas y alguno de mis recuerdos que aquí comparto.

Parece que también para algunos que hemos habitado esta tierra en otros tiempos mas aciagos, la muerte no es más que eso: una anécdota.

Sol, compañera y madre de tres de mis hijos, que enfermó en el 84 cuando pudimos regresar a esta su tierra, intentó hace poco acercarse por mano propia a la muerte que con los gritos de las ausencias queridas, nos llama desde hace algunas décadas. Al saberlo salí a encerrame fuera y acompañar como se pueda.

Servilleta y café negro en retirada. Como mi padre esta mañana, caminando calles parecía elegante, sólo era tristeza y dos zapatos. De pronto ya soy viejo, de poeta y su camisa; qué te importa ya del dolor de ahora. Qué te importa ya el dolor pasado. El porvenir no espera indiferente pues lo mismo es ser feliz que desgraciado. Servilleta y café negro en retirada, sólo ambiciono de fastidio yerto, como en el son de Cuba, acostarme en mi cajón de muerto y dormir en paz, y por fin, soñar sin reales pesadillas.

Aunque soy del norte y de la costa comparto por cultura nacional la otra realidad, la de la cosmovisión andina donde la muerte no es un tabú. Por lo menos no lo es en la misma forma y medida en que podemos considerarlo desde la otra parte, nuestra cultura de occidente.

Los muertos no asustan. Para los andinos sólo pasan a otra dimensión, a otro ámbito donde no se desligan de los vivos. Los muertos siempre están presentes. Al despedirlos no es un adiós definitivo, como sucede en el mundo occidental.

Por las lecturas y el debate en los comentarios me recuerdo de un ritual andino del que alguna vez pude participar de lejos, hace muchos años. Hace poco, según me cuentan mis amigos, un fotógrafo ha podido registrar la misma ceremonia.

Como a los mayores, en los andes a la muerte de un niño, la comunidad, su pueblo, lo despide, pero no definitivamente, más bien lo hace como con un hasta luego festivo, triste y provisorio.

Wawa pampay

Pasean al infante sobre un pequeño trono engalanado de blanco, que lleva el padrino sobre su cabeza, sin taparle nada. Con la cara descubierta, sentado. Es como si el niño estuviera viéndolos a todos y despidiéndose. Hay una canción que le cantan en quechua: ‘Cuiden a mi padre y a mi madre, que yo me voy al cielo a recoger flores’. Hacen un recorrido desde la casa hasta el cementerio. Van acompañados de bailes y cantos, como el ‘jarawi’.

” Según la creencia, durante el homenaje y el recorrido, el menor ve por última vez el mundo terrenal. Se despide de sus padres y ellos de él, pero con cantos y bailes: “Díganme adiós, ya despídanme, me voy al cielo”, cantan los presentes como si fuera la voz del niño.

Pocos están en el momento del entierro, pues sólo el padrino y la persona más sabia del lugar pueden ser testigos de ese acto. Ambos ofrendan el cuerpo del difunto a la Pacha mama o madre tierra.” Conjunto musical de expresión andina: “wawa pampay”

Museo de la Nación inaugura muestra fotográfica sobre tradicional Wawa pampay funeral de infantes


Lima , (PRESSPERU).- En el mundo andino, la muerte de un niño viene acompañada por cantos y bailes. Es un cortejo fúnebre muy singular, en el que un pequeño muerto, es llevado en andas hasta el lugar de su entierro. Esta tradición se denomina Wawa pampay y es una de las costumbres de los pueblos altoandinos que conforman nuestro vasto patrimonio inmaterial.

Con la finalidad de difundirlo, el Museo de la Nación presenta la muestra fotográfica Wawa pampay funeral de infantes, compuesta por 15 imágenes del gráfico ayacuchano Fredy Huamán. Las fotos retratan el caso de la niña Rosa Cahuana Quispe, quien falleció en la comunidad campesina de San Miguel de Motoy, en el distrito de Chiara, en Huamanga, Ayacucho.

La menor, de sólo siete meses de nacida –clínicamente-, murió de neumonía. Sin embargo, para los comuneros, su deceso se debió a la pacha o mal de la tierra. En las imágenes expuestas se podrá ver el desarrollo del Wawa pampay y de los personajes que involucra, entre ellos, el rol del padrino del bautizo, quien se encarga del vestido, el arreglo del altar y lleva en hombros -la silla en donde va el niño fallecido-, hasta llegar al cementerio.

Según la creencia, durante el homenaje y el recorrido, el menor ve por última vez el mundo terrenal. Se despide de sus padres y ellos de él, pero con cantos y bailes: “Díganme adiós, ya despídanme, me voy al cielo”, cantan los presentes como si fuera la voz del niño.

Las imágenes de Fredy Huamán no tienen registrado el momento del entierro, pues sólo el padrino y la persona más sabia del lugar pueden ser testigos de ese acto. Ambos ofrendan el cuerpo del difunto a
la Pacha mama o madre tierra.

En nuestra cultura, la muerte es un tema eventualmente ofensivo, prohibido, pero no sucede lo mismo en el mundo andino. Tal es la impresión de Fredy Huamán, joven artista que expone la muestra fotográfica Wawa Pampay, sobre la muerte de los niños, en el Museo de la Nación. Creo que estudié arte porque quería plasmar las cosas que tengo a mi alrededor. Ahora me estoy dedicando más a la fotografía porque quiero revalorar ciertos aspectos de Ayacucho, pero de tierra adentro. Son temas bien etnográficos”, explica Fredy Huamán, sobre su exposición Wawa Pampay. ¿Ha expuesto antes?
El año pasado expuse en la galería del Centro Cultural de la Universidad Católica, como parte del concurso ‘Pasaporte para un artista’. Mi trabajo se llamaba Las dos caras del camal. Eran fotos que hice en el camal de Huamanga, que mostraban cómo la muerte de un ser, la vaca, recomponía la vida de otro ser, en ese caso, de un niño. ¿Cómo así?
Porque agarran al niño y lo entierran en excremento de la res para curarlo de ciertas enfermedades, como el mal de los huesos. Estuve haciendo un seguimiento del niño -ese era el trabajo- y fue increíble porque lo vi mejorar. Imagino que si una costumbre así se mantiene es porque, de alguna manera, funciona. Ese fue el primer trabajo que expuse. Cuénteme de su exposición en el Museo de la Nación, Wawa Pampay.
Es lo más interesante que he hecho. En el mismo Huamanga no se sabe de esto. Solo hay referencias vagas. Y no había documentación fotográfica. ¿Qué es ‘wawa pampay’?
El funeral de infantes. Lo que he fotografiado es el entierro de una niña que murió de pulmonía, a los siete meses. Esto sucedió en una comunidad llamada San Miguel de Motoy, en el distrito de Chiara, que pertenece a Huamanga. ¿Cómo llegó ahí?
Llegué para fotografiar la fiesta de la herranza -el marcado del ganado- pero me encontré con que había fallecido una niña. Me dijeron que la iban a velar y que, al día siguiente, iba a ser su entierro. Yo no imaginaba que era así. Como digo, solo tenía vagas referencias. Sin duda es un momento difícil como para ponerse a hacer preguntas, ¿no?
En el velorio comenzaron a comentar que el padrino tenía que encargarse de todo, comprar el vestidito y arreglar el anda, que es como un pequeño trono adornado. El padrino es la persona más importante de todo este ritual. Como la niña ya está en otro plano, él representa al padre. Eso me llamó mucho la atención. En realidad, para las personas que comparten la cosmovisión andina la muerte no es un tabú como podemos considerarlo nosotros. Para ellos, los muertos están en otro ámbito pero no se desligan de nosotros. Los muertos siempre están aquí. No es un adiós definitivo, como sucede en el mundo occidental. Al niño se le despide, más bien, como con un hasta luego. ¿Y cómo es el ritual?
Pasean a la niñita sobre este pequeño trono, que lleva el padrino sobre su cabeza, sin taparle nada. Es como si ella estuviera viéndolos a todos y despidiéndose. Hay una canción que le cantan en quechua: ‘Cuiden a mi padre y a mi madre, que yo me voy al cielo a recoger flores’. Hacen un recorrido desde la casa hasta el cementerio. Van acompañados de bailes y cantos, como el ‘jarawi’. ¿Cómo es el espíritu?
La madre, naturalmente, es la persona más acongojada pese a que a uno le digan que es un momento de alegría, porque la niña se va a un lugar mejor. La mayoría de la gente sí va alegre. El padrino por momentos está alegre y, por momentos, se acongoja. ¿Por qué no hizo fotos del entierro?
Me hubiera encantado hacerlo, pero ese momento está reservado a los sabios, que suelen ser las personas más longevas. Un anciano de la comunidad y el padrino se encargan del entierro. Nadie más entra al cementerio. ¿Usted habla quechua?
No lo hablo perfectamente, pero lo hablo bien. Mis abuelos lo hablaban. Es de mucha ayuda cuando uno llega a estos pueblos. Soy un caminante empedernido. Puedo caminar cuatro o cinco días. Y llegar a esos lugares con el castellano no me ayudaría. La práctica también me ayuda con el quechua. Además, en Ayacucho, ahora hay un movimiento cultural fuerte, de muchos artistas, que estamos tratando de revalorar el quechua y dar a conocer costumbres como esta.

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