POR LAS NUBES DE UBEDA CERCA DE LA LUNA DE PAITA

Por José Soriano elmosquito.gif

“Es preciso considerar el pasado con respeto y el presente con desconfianza si se pretende asegurar el porvenir.” Joseph Joubert

No hay mucha diferencia entre los candidatos en estas elecciones argentinas. Con muy pocas y honrosas excepciones, todos son Presidencialistas sin ninguna visión original ni propuesta de país que se diferencie en algo. Todos los candidatos muestran una única aspiración: “ganar” o quedar mejor posicionados. ¿Y el país, y los ciudadanos? Qué más da, no son importantes en su autoreferencia constante (yo dije, yo fuí, yo denuncié). Parafraseando a un argentino mientras juntaba el dedo gordo y el índice frente a un micrófono, no les “tengo ni un chiquitito así de confianza”… ¿por qué?

Gane quién gane no admitirá controles u oposiciones, salvo los que vengan del poder real y la ciudadanía forma parte de los que tienen dichos poderes. Pero los ciudadanos consideran que han cuplido al emitir su voto y regresan a sentarse frente a la caja boba a esperar para ver quién ganó, no parece interesada en comprometerse, les da igual.Muchísimos ciudadanos de clase media se quejan en las ciudades siguiendo los vaivenes de los diarios. Si buscamos profundizar no saben muy bien por que lo hacen. Autoritarios, soberbios, y muchos insultos y pocas nueces. Vanidad de una oposición que hace fintas pero que en realidad no sabe como organizarse.

En algunos países, entre ellos la Argentina, hay una larga historia de esta visión movimientista, mayoritaria, cesarista, delegativa, muy seguros de sí. Esto empezó con Yrigoyen, que se consideraba a sí mismo la encarnación de la causa nacional, y considera a los opositores afuera de la comunidad nacional(¿será el origen del famoso”el que no está conmigo, en realidad está en mi contra?”). La suya era una imagen de un movimiento que encarnaba los intereses nacionales y, por lo tanto, no admitía controles u oposiciones, salvo los que venían de los factores reales de poder. Esta forma de ver el gobierno fue claramente continuada por el peronismo y el restoo hasta nuestros días.

Con todas sus variantes, una característica central del peronismo es esta concepción movimientista, supermayoritaria. Y lo malo es que, en la medida en que tengo esta visión, soy enemigo natural de las instituciones que me tienen que controlar: no quiero un Congreso autónomo, me molesta la Justicia independiente, y ni qué decir la Fiscalía, el ombusdman, las controladurías.

La idea es que el Presidente fue elegido, lo votó la mayoría o la primera minoría, y partir de eso tiene la posibilidad, y hasta la obligación, de gobernar como mejor le parece, sin cortapisas, en el supuesto bien de todos es común a todos los candidatos.

Es una concepción del poder político y la autoridad política que en la Argentina tiene un arraigo muy fuerte y está encarnada en el pasado del peronismo, pero que tiñe a todos los dirigentes políticos.

Se apoya en la confirmación que ha permitido una realidad signada por las crisis periódicas. Es eficiente pues permite una clara capacidad decisoria, para bien o para mal.

Todos los candidatos eligen autoritaria y directamente los entornos con los que se quieren rodear y con los que van a elecciones; más allá de que expresen buenos argumentos en favor de la mayor participación del congreso y de la institucionalización en su funcionamiento real, son autocráticos.

No es un tema de buena o mala voluntad, ni tampoco de formular un juicio moralista: es un tema de concepción del poder, de cómo se ejerce la autoridad derivada de las elecciones. Se cree, incluso sinceramente, que esa es su obligación. Y en la Argentina hemos estado por mucho tiempo, y sobre todo durante los gobiernos militares, que son la exageración brutal de todo esto, navegando en situaciones muy marcadas por esta visión del poder.

Como vemos en estas discusiones, forma parte de nuestro ser político. Todos deseamos que los otros acepten sin chistar cómo pensamos.

No somos pocos los que, por experiencia sabemos que para cambiar a los gobernantes es necesario reformular las preguntas. Al igual que la falacia del “mercado” y sus “leyes” únicas e inmutables, los regímenes presidencialistas han agotado sus posibilidades y han llegado a su “non plus ultra”. Si seguimos como hasta ahora, como los lemming, corremos el riesgo de caernos por el borde nuevamente camino a una nueva frustración. Sea quien sea el que votemos.

Sea quien sea el que gane o pierda estas elecciones, deberá moverse en una dirección más institucionalizada en la reconversión, innovación y reconstrucción del Estado. Estamos en un momento bisagra, de bifurcación de nuestro destino, en el que podemos aspirar a un porvenir real que sólo será si participamos todos, TODOS, apuntando a un mismo objetivo consensuado.

Nada será posible si nosotros ciudadanos no logramos comprender que no podemos seguir firmando cheques en blanco a nadie.

Como gesto individual, rechazo el voto en blanco. Pero lo haría si fuera posible enviar una señal clara, colectiva, de que es necesario de una vez por todas que los dirigentes se propongan convocar verazmente a los empresarios, empleados públicos, organizaciones del tercer sector, y fundamentalmente los ciudadanos a fijar una hoja de ruta estratégica 2008-2012 en la que todos participemos. Ya no es suficiente etiquetar para lavarse las manos. ¿Usted dónde se para en este debate?

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