Un día como hoy: el Gran Mariscal Andrés Santa Cruz y el “roto” chileno

Vía agenda de reflexion Por el profesor Pedro Godoy P., Director del Centro de Estudios Chilenos CEDECH
AndresSantaCruz_AgendadeReflexion.jpgEn junio de 1822, a poco menos de cumplirse dos meses de la batalla de Riobamba –donde se lucieran las tropas enviadas por José de San Martín en auxilio del ejército colombiano- Simón Bolívar declaró benemérita, por un decreto, a la División del Perú integrada por los Granaderos a Caballo. En el mismo acto le otorga a Andrés Santa Cruz, jefe del grupo, el grado de general de brigada adjudicando a cada uno de los soldados una medalla con la inscripción: “Gratitud de Colombia a la división del Perú”. Estas tropas fueron las mismas que contribuyeron al triunfo de Sucre en la batalla de Pichincha y que posteriormente pasaron a formar parte de la guardia personal del libertador don Simón Bolívar.

Andrés Santa Cruz había nacido en 1792 en territorio de lo que hoy es el Perú hijo de un funcionario español y de una india de considerable fortuna.

Por algunos años más continuó sirviendo a las órdenes de los españoles y en 1820 fue hecho prisionero por Juan Lavalle durante la campaña del Perú. En ese momento decidió cambiar de bandera y ofreció sus servicios y el de sus hombres a San Martín, lo que constituía entonces una alternativa bastante frecuente entre los prisioneros de ambos bandos: al unirse al enemigo en situación de detenidos, obtenían su libertad y el consiguiente conchabo en las filas de quienes lo hubieran apresado.

Lo cierto es que Santa Cruz pasó a desempeñarse como comandante militar de Cajamarca, un punto importante del Perú. San Martín lo eligió como jefe del escuadrón que mandaba en auxilio de Simón Bolívar, por sus conocimientos de la región. Santa Cruz demostró su valor inmenso en las batallas de Junín y Ayacucho, donde peleó ya con el grado de gran mariscal. Fue después la suya una carrera imparable: presidió el Perú en ausencia de Bolívar y Bolivia en reemplazo de Sucre. Su gestión incluyó la organización del sistema educativo, administrativo y financiero y la codificación de leyes.

Sin embargo, su momento más glorioso llegó cuando intentó formar –y lo consiguió por un tiempo– una Confederación Boliviano-Peruana en 1836. Estos intentos de independencia de la región tuvieron una férrea oposición de Argentina y Chile. Durante su gobierno consolidó la separación de Tarija de la República Argentina, favorecido por los problemas que el bloqueo francés provocaba al gobierno de don Juan Manuel de Rosas en Buenos Aires.

Pero fueron las fuerzas de Chile las encargadas de hacerle frente y finalmente derrotarlo en la batalla de Yungay, en el cerro Pan de Azúcar, con un ejército a la órdenes de Manuel Bulnes. Entonces debió dejar el gobierno por una revolución estallada en Bolivia. Se radicó en Francia y murió en Saint Nazaire en 1865.

Su hijo, Andrés Simón Santa Cruz, estudió en el prestigioso colegio militar de Saint Cyr y pidió la baja en 1856 para radicarse en la Argentina. Integró el ejército de Justo José de Urquiza y se casó con su hija. A partir de 1880 dirigió por seis años el Colegio Militar de Argentina.

La batalla de Yungay –batalla entre paisanos la denomina mi amigo y compatriota Pedro Godoy- sólo fue ganada por Chile gracias a la intervención de tropas informales. Estas son personificadas en la figura del “Roto Chileno”, quien recibió su monumento en el centro de la plaza de Yungay de Santiago, la capital del país. Cada 20 de enero se celebra ahí una fiesta popular en su homenaje.

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Yungay: ¿festejo o funeral?

Por el profesor Pedro Godoy P., Director del Centro de Estudios Chilenos CEDECH

Cada 20 de enero se celebra el Día del Roto. El apetito de énfasis supone apellidar el sujeto. Entonces se alude a la Fiesta del Roto Chileno. Así –usando de fachada al hombre típico del país, aquel que nace y muere en la pobreza y al cual se atribuye un abanico de vicios y defectos- se evoca la batalla de Yungay. Con ese hecho de armas se finiquita la guerra de Chile contra la Confederación Perú-Boliviana. El «roto», es decir, Juan Verdejo conocido como el General Pililo –igual que en la Guerra del Pacífico- es carne de cañón en un choque armado urdido por nuestra oligarquía. Los blanquitos –pijes, futres o momios- usan a los mestizos en aquella reyerta iniciada en 1835 y culminada en 1839 con el luctuoso entrevero cuyo escenario fuera el Pan de Azúcar. He allí un dato toponímico que involucra colosal paradoja. Aquella carnicería ahoga la prosperidad que habría fluido de la integración preconizada por el Mariscal de Zepita y la gresca genera una situación amarga –perdurable hasta hoy -entre repúblicas fraternas. En suma, se evapora una posibilidad cierta de “pan” y el “azúcar” se convierte en agraz.

HOMBRE DEL DESTINO

Andrés Santa Cruz dispone de contundente prestigio. Su talento le permite aglutinar «los Perúes», como dirá O’Higgins. Desde Palacio Quemado gravita sobre el Cono Sur. Incluso en Ecuador el Presidente Vicente Rocafuerte le es adicto. Su esfuerzo unionista lo perfila como continuador de Bolívar y San Martín. Es precursor del CAN y el MERCOSUR. El proyecto, no obstante, es desbaratado por las bayonetas de Manuel Bulnes y Ramón Castilla. El denominado Ejército Restaurador con jefatura mapochina demuele el experimento crucista. Peruanos y chilenos balcanizadores lo denuncian como un Alejandro colla o un Inca trasnochado. Se estima –en virtud del prisma orbitado por Haya de la Torre y Jorge Abelardo Ramos- que ese enfrentamiento de Chile contra Bolivia y Perú no es internacional, sino una guerra civil al interior de Suramérica entre desmebradores e integracionistas. Chilenos como Diego Portales, peruanos como Agustín Gamarra y bolivianos como José Ballivián se ubican en la trinchera fragmentadora. Entonces, la historiografía y la docencia tendrán que erradicar la óptica europeizante que presenta como si se trata de naciones enfrentadas. Los conflictos armados al interior de nuestra América son interestatales. La conflagración contra el crucismo equivale a la Guerra de Secesión norteamericana. La diferencia: allá triunfa la fuerza centrípeta y aquí la centrífuga.

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Banderas de la Confederación Peruano-Boliviana
CRUCISMO CHILENO

La infausta reyerta amerita comentarios: es el preludio de la Guerra del Pacífico que, estallada 40 años después, origina el enclaustramiento de Bolivia y la pérdida –para Perú- de Tarapacá y Arica. Por otro lado, es cierto que el gobierno de Chile impulsa la agresión. Sin embargo, no es menos efectivo que tropieza al interior del país con tenaz resistencia a su diplomacia cainita. La elite académica y la elite castrense exhiben simpatía por la gestión del Supremo Protector. Intelectuales como Andrés Bello votan contra la declaratoria de guerra en el Senado de la República. Pedro Félix Vicuña –fundador del periodismo criollo- redacta un ardoroso libelo pacifista. El cuerpo expedicionario acantonado en Quillota y próximo a embarcarse al Perú se insurrecciona. La oficialidad suscribe una proclama «Contra el despotismo y por la paz”. El pronunciamiento aborta. No obstante, los uniformados insurrectos, encabezados por José Antonio Vidaurre, fusilan a Portales. Son nuestros José Hernández y Ricardo López Jordán en lo atinente a la Guerra de la Triple Alianza. Aún más, Manuel Blanco Encalada, Jefe de la I Expedición, opta por la paz suscribiendo el Tratado de Paucarpata. Tal instrumento es juzgado “insanablemente nulo” por los belicistas de La Moneda y quien lo suscribe degradado y sometido a proceso por alta traición.

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Bernardo O’Higgins, quien vive en el «transtierro» peruano, es otro enemigo declarado de esa política agresiva. Juzga la conflagración una maniobra demencial. La apostrofa como “la guerra portalina”, deplora el derramamiento de sangre suramericana que implica, mientras defiende el derecho de integrarse como un todo al Alto y al Bajo Perú. El prócer –camarada de armas y doctrinas de San Martín y Bolívar- adhiere al integracionismo del Mariscal de Zepita. Después del derrumbe de la Confederación resiste el decreto de Gamarra –ya convertido en Presidente del Perú- ordenando confiscar la condecoración que le confiriera Santa Cruz. Otro héroe de la Independencia –en su momento, igual que Blanco, primer mandatario de Chile- Ramón Freire es crucista. Una flota con exiliados chilenos encabezada por dicho personero zarpa del Callao a Chiloé para sumarse al alzamiento. Su triunfo significa la paz con la Confederación. Así Suramérica se habría ahorrado una guerra torpe. Tan torpe como la del Chaco y tan sangrienta como de la Triple Alianza que Aberdi etiqueta como de la Triple Infamia.

BALANCE TRAGICO

La batalla de Yungay –colofón amargo de aquella guerra civil entre conosureños- divorcia pueblos y frustra un contundente esfuerzo por reintegrar la meganacionalidad iberoamericana. La ocasión es propicia para señalar que guerras internacionales –acorde el enfoque propuesto- han existido pocas. Ni la guerra de la Independencia es de esa categoría. En la emancipación se enfrentan españoles europeos y españoles americanos. Aún más, unos y otros están escindidos entre adscritos al absolutismo y devotos de la tesis liberal. En cambio, sí son guerras internacionales la yanqui-mexicana que entre 1835 y 1848 significa para el país de Lucas Alamán y Octavio Paz la amputación de la mitad de su suelo. También internacional es la guerra entre Argentina y Gran Bretaña por Malvinas en 1982. Las batallas entre paisanos se conmemoran. Concón y La Placilla, por ejemplo, no se celebran. Son invitación a meditar y no motivo de jolgorio.

Por eso en cada 20 de enero para los chilenos genuinamente patriotas no hay Fiesta del Roto Chileno. Menos conmemoración del fratricidio, sino motivo para homenajear al estadista Andrés Santa Cruz. No nos tragamos aquello de su megalomanía incaica.  Al mismo tiempo, se rehabilita al coronel José Antonio Vidaurre quien –con sus camaradas de armas-, echándose el miedo a la espalda, se juega la guerrera y la vida en el pronunciamiento de Quillota. Proclamamos que, a través nuestro, se expresan quienes –en aquella época- con la pluma y con el sable se enrolan en la guerra por la paz que encabeza O’Higgins. Son quienes repudian aquella conflagración que culmina en Yungay. Tal hecho bélico tritura el experimento integrador. La victoria que inspira Portales e inmortalizan Manuel Renjifo y José Zapiola en la Canción de Yungay impone el aislacionismo de cuyo vientre provienen el subdesarrollo, la dependencia y la legitimación de la xenofobia.

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Prof. Pedro Godoy P.
Centro de Estudios Chilenos CEDECH
http://educacionueva.blogspot.com

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