La culpa no es del chancho; sino de quién se lo come

En esta sociedad líquida que hemos sabido construir no le damos valor ni a la solidaridad ni los códigos .  Por ello eliminamos a quién nos lo recuerde. Será porque más que la verdad buscamos la manera la esconderla para que no ofenda ni cuestione aunque el daño que eso provoque sea mayor.

Un amigo de mi padre me contó una anécdota cuando era niño que me viene al pelo para acompañar mis disculpas a la lista por el exabrupto. El abuelo de mi padre era un famoso criador de caballos de paso peruano y los vendía por toda la costa de mi país. Según suele contar el “Caballero del Deporte” que es mi padre, mi abuelo, Don Manuel siguiendo la tradición era también un gran fumador y coleccionista de armas y caballos finos.

Pocos meses antes de que perderlo todo, hasta la vida, sólo le faltaba conseguir un ejemplar berberizco que completaría el linaje de calidad que había sabido criar. En Ica, mi bis-abuelo don Manuel descubrió, en una hacienda de algodón, ese potrillo tan difícil de encontrar y, realizó una de esas ofertas imposibles de rechazar con lo que consiguió llevarlo a Chiclayo donde estaba su hacienda. Pero en aquellos tiempos era un viaje largo y apenas un mes después, el noble animal, enfermó.

El hacendado llamó a kos mejores expertos inclusive a chamanes y hasta trajo en barco un veterinario francés desde Lima quien diagnosticó una extraña enfermedad desconocida por entonces.

La única posibilidad de salvarlo —vaticinó el especialista— es aplicarle unas raras inyecciones importadas. Si en tres días no se cura habrá que sacrificarlo, para que no sufra.

LA FABULA DEL CHANCHO BUENO

El chancho, desde el corral, escuchó la conversación.

Al día siguiente le aplicaron la primera dosis y se fueron. El chancho se acercó al enfermo y le dijo “¡Vamos arriba compañero, amigo, eres joven, levántate, si no, serás sacrificado!”

No obtuvo respuesta.

Al segundo día lo medicaron otra vez y se fueron. El chancho volvió a acercarse y le habló al caballo con el corazón: “Vamos, amigo! ¡Tienes que ser fuerte! ¡Arriba, no quiero que te maten!”

El animal, no se movió.

Al tercer día, después de la última dosis, el veterinario fue tajante: “Si no se levanta hoy, mañana debemos sacrificarlo porque puede contagiar la enfermedad al resto de la caballada.”

En cuando los hombres abandonaron el corral, el chancho conmovido, con lágrimas en los ojos volvió a acercarse al enfermo y otra vez le habló: “¡Amigo mío, es ahora o nunca! ¡Yo te ayudo! ¡Fuerza! ¡Vamos, un, dos, tres! Eso es, ¡así!”

Mientras el caballo se erguía, el chancho lo alentaba con entusiasmo. “¡Sí, sí! ¡Yo sabía que podías! ¡Así, ahora corre más rápido! ¡Eso es! ¡Venciste, campeón!”

El ruido del galope alertó al abuelo que no conocí. Dicen que al llegar vio, asombrado, como su brioso animal estaba curado.

Eufórico le gritó a su mujer: “¡Milagro, Eloísa, tenemos que festejar; matemos al chancho y hagamos chicharrones!”

En general, estas historias tienen moraleja. Si lo pienso mejor ésta no parece tenerla. Aunque sí pero es personal y nunca aprendo de mis propias historias.

nieva.jpgPero en fin, aquí es el día de la Nación Argentina, extrañamente para mi, nadie festeja y en esta patria devaluada esta nevando maravillosamente frente a mi ventana. La primera vez desde hace 89 años cuando nacía mi papá.

Ayer perdió Perú y según los mismos jugadores fue por que no podían permitirse jugar de igual a igual. ¿Que?, No comprendo.

Será porque en el Perú más que la verdad buscamos la manera de esconderla para que no ofenda aunque el daño que eso provoque sea mayor.

Quizás por pura coincidencia, asocié el cuento con las palabras. ¿Será porque los peruanos hacemos las maletas antes de jugar el partido? De todas maneras disculpen la metáfora.

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Un comentario sobre “La culpa no es del chancho; sino de quién se lo come

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