Hombres invisibles de color humilde

cc43xl_460x310.jpgHace algunos años, cuando vivía en mi tan añorada casa de la calle Diego Ferré, en Miraflores, nuestro grupo de amigos estaba formado por una variopinta masa de extranjeros y nacionales. En su mayoría todos eramos padres de alumnos del muy “progre” Colegio de los Reyes Rojos. Entre vino, alguna chela y muy buena gastronomía, para quien como yo que ha vivido la mayoría de su vida en el exterior se convierte en un deporte el observar, con pretenciosa distancia, desde unos pasos atrás el comportamiento cultural que en realidad compartimos todos. O casi.

moche1.jpgEn una de esas agradables veladas, una de nuestras amigas explicaba cómo en reunión de mujeres se contaban hasta los detalles más íntimos. Sin embargo una de ellas nunca había deseado presentar en sociedad a su enamorado, el primero después de su separación. Pesadas, las amigas de la infancia le insistieron tanto que finalmente concertaron una reunión con maridos, novios y amantes a la que ella “estaba obligada a llevar al suyo”. “A que no sabes, decía nuestra dilecta y educada amiga con acento maledicente de miraflorina de cepa, no lo traía porque el novio tenía color humilde.” “Cara de huaco”. “Imagínate, oye” afirmaba con la convicción de usar los eufemismos compartidos. Eso es (h)educación. Si, así con h de hipocrecía.

Sin chistar yo la escuchaba heducadamente con mis orejotas de moche, mi nariz antigua y el anuncio de mi contextura chulucana. Pero a partir de allí se convirtió en la amiga mencionada como la del color humilde. La “chapa” o el mote, con que la recordamos, se lo puse yo y ella hoy la usa para auto referenciarse. Como en la historia de la Señora del Camión Rojo no son más que anécdotas de la vida cotidiana.

En cambio aquí, en la culta y erudita Buenos Aires, el más leve tinte obscuro de la piel descalifica y construye con prejuicios el delito de portación de rostro. Che, negro, hasta los más eruditos ciudadanos de esta fría Buenos Aires intentan fabricarse una identidad ausente alrededor de la maledicencia y los prejuicios. No son pocos los que se miran en un espejo que atrasa y refleja sólo a sus abuelos que bajaron de los barcos con una mano atrás y otra delante. Hasta al recientemente elegido alcalde se le escapa la hilacha hipócrita de sus bien cortados trajes de marca “boss”, si así con SS como los que financiaron la fábrica original, cuando afirma que “hay que eliminar a los cartoneros” y las villas.

El diario El Comercio de Lima entrevista a Gonzalo Portocarrero, autor de un interesante trabajo sobre el racismo al que concurrimos todos.

9d_logo_02.gifLa encrucijada del racismo
PREJUICIOS. Acaba de publicar un libro esencial para esta sociedad: “Racismo y mestizaje”. Gonzalo Portocarrero es un sociólogo limeño, una de las voces intelectuales más importantes que ha estudiado el tema con una amplitud tan académica como basada en sus propias experiencias. Por Miguel Ángel Cárdenas M.

Gonzalo ha estudiado el tema con conocimiento de casa, con conocimiento de casta, con conocimiento de calle, con conocimiento de clase y hasta con conocimiento de viaje. El sociólogo Gonzalo Portocarrero también ha recurrido al estudio de los sueños y a los test psicológicos. Y ha abordado todas las generaciones, degeneraciones y regeneraciones del racismo peruano: lo que implica el sentimiento de despreciar al otro para vigorizar la autoestima, el no ser consciente de nuestros propios prejuicios inconscientes y la “discriminación individualizada” en un país que se asume mestizo, distinta a las de las sociedades anglosajonas, donde opera entre comunidades. Portocarrero, como todo peruano, debió encarar también sus propias contradicciones personales.

He oído hasta al crítico más progresista perder el control por algo y decir “cholo de m…”. Recuerdo a una amiga comprometida con los derechos humanos que se iba a Oxapampa para encontrar un novio descendiente de alemán, y hasta a una líder de opinión que choleaba a su empleada y se defendía: “choleo, pero también soy chola”. Se le escapa hasta a la persona más coherente. ¿A usted también ‘se le ha escapado’?
Todos estamos marcados por el racismo, toda persona tiene que concebirse como una suerte de coro de voces, que son los ecos de los discursos que uno ha escuchado. Pero lo que sí puede ser de responsabilidad personal es la voz que uno escoge para ser representado. Que a uno se le escape en un momento de descontrol, no me parece serio, sí que alguien persista en escoger esa voz como la propia y en darle consistencia y en fomentarla. Tenemos un inconsciente social racista que sale por cualquier cosa. Y existen dos caras acá donde todos estamos mezclados: la de creerse más frente a unos y sentirse menos frente a otros; que nos persigue desde la infancia… También he vivido la incertidumbre de dirigirme a una persona que creía superior en términos económicos y físicos. Es una experiencia no compartida, todos tendemos a ocultarla.

¿El racismo primordial se transmite a través de los padres?
Se transmite por una serie de vías no solo por el discurso, sino por las actitudes, por las identificaciones y la imitación. En el Perú es decisivo el tema del servicio doméstico, porque hay 700 mil empleadas domésticas. Son personas invisibilizadas, que no son escuchadas, que tienen menos derechos, que es natural mandarla y es natural que obedezca. Desde ahí estamos absorbiendo la idea de la discriminación, de desigualdad, de las jerarquías. Hay personas insignificantes y personas que al contrario son demasiado significativas, frente a las cuales hay que agachar la cabeza.

¿De niño tuvo empleada? ¿Le molestaba cómo sus padres la trataban?
Es una experiencia de muchos peruanos de clase media… también he vivido esa injusticia con el servicio doméstico que trabajaba en la casa de mi abuela, en mi casa. Y me dejaba perplejo y sublevaba, era tan injusto. Esa persona podía ser yo, pensaba en lo que ella podía sentir al ser humillada. Y también, como todo niño de clase media, desarrollé un cariño y era algo que tenía que negar, reprimir, porque la madre se puede poner celosa; era un afecto que no podía nombrar ni sentirme orgulloso de él.

Las experiencias de racismo siguen en el barrio y en el colegio, sobre todo con las ‘chapas’, siempre muy físicas.
Sí, los niños no tienen autocontrol ni corrección política, son más crueles, desinhibidos, sin saber todas las implicancias de lo que están haciendo. Un episodio de discriminación puede ser vivido como una diversión por quienes lo ejecutan, pero para la víctima puede tener un impacto duradero por sentirse separado del grupo, marginado, maltratado. Son cosas de las que me arrepiento en profundidad (Gonzalo duda, pero luego se decide a contarlo). Fue en una clase de Historia del Perú donde se hablaba de la esclavitud de los negros y había un muchacho que era bastante moreno. Entonces cuando terminó la exposición, nos juntamos y le pegamos a este compañero, lo pateamos en el suelo, para demostrar que lo que decía el profesor no era verdad, que los negros todavía seguían siendo maltratados. Fue algo totalmente injusto…

Pero son heridas que se tienen que hablar. Y provocan lo que se dice en conjunto de la sociedad peruana: que tenemos complejos de inferioridad y un resentimiento tremendo…
Sí, pues, en nuestro país la diferencia entre lo que quisiéramos ser y lo que realmente somos es muy grande. Esto se ve en la publicidad que se dirige a la aspiración. Entonces el verdadero criollo en su imaginario es blanco, rubio, de ojos azules. Es su deseo. Y este es interpretado por las empresas publicitarias, y por otro, está la práctica del blanqueo de las fotos, el photoshop que trata de “afinar” y “estilizar” los gestos y los colores de la piel. Es una sociedad donde hay una permanente agresión contra nuestra autoestima, tanto contra la del criollo como contra la del indígena. Pero muy especialmente contra el indígena.

Estudió un posgrado en Inglaterra, ¿sufrió la discriminación por ser sudamericano en un país del primer mundo?
Ah, claro. Acá yo pasaba como blanco. Ya lo dijo Manuel Atanasio Fuentes: “blanco peruano como amarcigado”, con lo cual quería decir que había una elasticidad en el concepto de blanco para incluir a personas que en realidad eran mestizas, pero por su nivel económico, cultural, eran asimiladas. Pues mucha de mi autoimagen se había formado en esta idea de ser blanco. Y me acuerdo que tuve pocos amigos en Inglaterra, pero uno de ellos me dijo que yo le parecía el “tipical southamerican indian”, el típico indio sudamericano. Y yo, carajo, pensé cómo son de relativos los puntos de vista.

Ese relativismo también está acá con el “cholo que cholea”.
Sí, y esto se da en el seno de las propias familias, porque no faltan diferencias de color. De repente uno tiene ojos azules, por un ascendiente europeo. Entonces ese niño es más engreído, pero por otro niño más oscurito se desarrolla una ambivalencia. Por un lado, decir que no es el culpable de esos colores, pero también el rechazo: “ha salido feito, morenito”. Y también un complejo de reparación, tratar de retribuirle. Y esto genera una situación difícil con los hermanos… hasta dentro de la familia el racismo produce una jerarquización. Y una complejidad afectiva que, por supuesto, es innecesaria.

Y genera todo un lenguaje ambivalente: “el cholo blanco”, “el blancón”. Hay una frase en la prensa popular: “el cholo power”, que alude al supuesto cholo pintón, que sería la versión potenciada del “cholo fino”…
Alguien menos tosco y más estilizado entre comillas. Una artista que tiene la propuesta de subvertir los cánones de belleza es Claudia Coca. La belleza es un accidente de la naturaleza, es una proporción, una armonía que se produce una en mil veces dependiendo de la belleza, y en todos los grupos étnicos hay belleza. Pero la más cotizada es la belleza blanca, rubia.

En su libro se dice: “el racismo es una ideología que reduce al otro a la condición de cosa y de animal”. Si uno piensa en el animal más cercano al hombre, el perro, es el más calificado por razas (en ‘Eisha’ había un letrero: “los perros y las empleadas deben ir por las escaleras”). Y en cuanto a la cosa hay la división entre lo que es de marca y lo ‘bamba’. ¿Entonces tenemos también ciudadanos chuscos y personas marca chancho?
Es lo que puede ocurrir con las empleadas del hogar, las cosas que los dueños de casa no harían frente a un tercero desconocido, como pelearse entre sí o faltarse, sí lo hacen frente a la empleada doméstica; porque en el fondo no la consideran una persona que pueda ser testigo, una presencia que los compromete. Es una manera de hacerla insignificante… Siempre es un desafío. En mi caso, en mi casa tenemos una empleada, creo que nos llevamos muy bien, hay una dimensión afectiva y una amistad. Y también hay una subordinación al mismo tiempo.

Le preguntaba antes por lo que se hereda de los padres. Y ahora que es el padre y tiene hijos con vivencias en el barrio, en el colegio. ¿Le ha pasado descubrirles frases racistas y de pronto espantarse porque no pudo evitarlo?
He escuchado a mi hija decirle a alguien “chica huaco”. Y no puedes tomarlo a la tragedia, sino diciendo que quién es uno para ponerse por encima de los demás y burlarse de los otros. Hay cosas contra las cuales puedes luchar y otras que son más difíciles. Y es mejor concentrarse en las primeras, fijar ciertas reglas y frente a las otras dejarlas pasar, porque tampoco puedes convertirte en un juez o en un policía permanente. Lo que no puedes dejar pasar son las faltas de respeto hacia el otro, tienes que enseñarle a tus hijos que todos somos básicamente iguales y tenemos los mismos derechos, y eso es algo que tiene que quedar fijado si quieres que sean parte de la sociedad peruana que está emergiendo, más democrática, si no quieres convertirlos en extraños en su propio país.

Es gracioso que las vedettes, en la prensa popular, también se jerarquicen diciendo que otras tienen “rasgos étnicos”.
Y hay gente que construye su orgullo diciendo: a mí me gusta el rock, la balada, pero no la tecnocumbia o la chicha, porque ya no sería una persona decente, sino provinciana. El otro día en Polvos Rosados escuché una frase que me pareció muy reveladora. Era una empleada de estos pequeños puestos que gritaba: “A mí me habrán creído chola, me habrán visto cara de india, yo tengo derechos”. Implícitamente reclamaba derechos, pero negándoselos a los indios y los cholos, que sí tienen esa cara, y no pueden protestar ni ser ciudadanos.

También está el racismo de abajo hacia arriba, contra el blanco que es discriminado por pituco…
Es un racismo reactivo de quien es inferiorizado a la persona que inferioriza. Es algo desgraciadamente lógico, porque perdonar es difícil, mucho más sencillo es continuar con el círculo de agravios y tomar venganza: de haber sido despreciado a despreciar… y hace que la ciudad funcione de manera encapsulada, porque la gente utiliza una parte y no exploran las otras. Alguien de El Agustino puede sentirse amenazado en Miraflores y allí un miraflorino puede sentirse inseguro, sin recursos ni malicia.

Hay una frase que se escucha contra alguien que hace un comentario racista: “¿Y acaso tú qué te crees: gringo?”. La dicen los más ‘progres’. Pero ese argumento también es racista, presupone que si fueras gringo, sí tendrías derecho a cholear.
Sí, no se escapa del imaginario racista, todavía está preso, implícitamente se mantiene la vigencia del imaginario racista… Pero es un proceso paulatino ir contra el racismo, de reconciliación con nosotros mismos.

LA FICHA
Nombre:
Gonzalo Portocarrero Maisch.
Edad: 58 años.
Profesión: Letras en la Universidad Católica. Sociología en San Marcos. Doctorado en Essex, Inglaterra. Profesor de Ciencias Sociales en la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Obras: “Rostros criollos del mal”. “Razones de sangre. Aproximaciones a la violencia política”. “Las clases medias: entre la pretensión y la incertidumbre”, etc.

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Un comentario sobre “Hombres invisibles de color humilde

  1. Dejando de lado los regionalismos y significados locales bien podría haber estado hablando de mi país (méxico). Espero siga realizando su labor. Felicidades

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