El mundo: “no ha de ser muy grande porque los niños pobres no cabemos en él”

Foto nicoscafiezzo@adinet.com.uy Publicada el: 5 de Mayo, 2007 a las 9:30
ninos.jpegPor José Soriano elmosquito.gif

No somos pocos los que por experiencia sabemos que la falacia del “mercado”, y sus “leyes” únicas e inmutables, han agotado sus posibilidades y han llegado a su “non plus ultra”. Si seguimos como hasta ahora, como los lemming corremos el riesgo de caernos por el borde ya que a pesar de los anuncios nunca derramó nada.

Por el contrario la riqueza se ha concentrado en menor cantidad de manos y al ser producida a partir de la competencia salvaje individual ya no parece el mecanismo más eficiente para garantizar el bien común (la ley de la oferta y la demanda). Sus leyes y sicarios permiten que los más desprotegidos sean los que más caro pagan por servicios y bienes, a vista y paciencia de quienes se supone deben protegerlos e igualarlos de acuerdo a ley. Un círculo vicioso de excluídos y excluyentes que como reacción nos es devuelto con la violencia del todos contra todos cotidiano.

Hace unos días festejamos los tres primeros años de mi hija menor. Una de las amistades que compartió nuestro pan y nuestro vino relataba una historia que le había ocurrido en Puebla, Méjico, más o menos en las fechas en que nació Anahí. Con su voz afectada y un poco ronca nos relataba que en un seminario al que asistió, uno de los participantes indígenas se subió a la tarima y medio en broma, o tal vez muy en serio, les pidió a los asistentes: “Saquen una hoja pongan su nombre y respondan esta única pregunta, ¿Qué tan grande es el mundo?.
Según Cecilia, nuestra relatora, las respuestas fueron tan diversas como los asistentes. Muchas de ellas eran de gran extensión y a veces rebuscadas. Tres -nos decía – fueron destacadas por el coordinador por estar formuladas en una sola frase:

1. Como la máquina overlock que opera, la frase de una trabajadora de la maquila en Altepexi, retumbo cosiendo palabra por palabra : “El mundo es tan grande como la rabia que siento” había dicho ;

2. “el mundo es tan grande que cabe la historia de nuestra comunidad y su lucha por permanecer y asomarse al universo con dignidad”, dice Cecilia que dijo, “políticamente correcto”, un dirigente indígena.

3. Pero un niño de la calle, con ojos cansados, de adulto, fue el que más reflejó su vida: “no ha de ser muy grande porque los niños pobres no cabemos en él” dijo suavemente.

La anécdota de nuestra amiga -que por supuesto vive en un barrio excluyente, en los suburbios excluidos de Buenos Aires, nos enfrentó una vez más a las paradojas de esta “globalización” que nos toca transitar, pues mientras el mundo está al alcance de quién pueda pagarse el pasaje son cada vez mas los grupos sociales que se auto recluyen en barrios custodiados para salir solo a los “shopings” para hacer las compras.

Pretenden encarcelar fuera a los demás y lo hacen manifiesto. Los otros “guettos ” los de los pobres son amenazados de erradicación, los excluídos entonces sienten que “el mundo es tan grande como la rabia que siento”. Excluídos y excluyentes se encierran entonces en destellos de violencia cotidiana de la que nadie se hace cargo y que todos rechazan verbalmente.

¿Y si como dice Castells, el de infonomía no el piquetero, lo que está ocurriendo es que una parte de la población, como los lemmings, ya no actúa de forma racional de acuerdo con sus intereses, sino movida por una espiral de crédito, hipotecas y consumo que no puede controlar? ¿Y si todos estuvieramos corriendo hacia el abismo impulsados atávicamente a un espiritú gregario irracional y dual? ¿Y si en lugar de estar en el fin de la historia de Fukuyama estuviéramos en los últimos estertores del capitalismo?

“Lo de todos no es de nadie” me decían siempre cuando estaba construyendo la red peruana. El “a mí qué me importa fuera de mi metro cuadrado” es la norma con que se mueve casi todo mi entorno. La exclusión tiene ya razgos surrealistas como los carteles que prohíben el ingreso de empleadas a las playas exclusivas en Perú mientras la basura que deja el paso de las hordas “civilizadas” – en el sur – , o ver las calles llenas de basura, o las veredas llenas de caca de perro en Buenos Aires.

Mientras la tecnología hacen que realmente sea posible el “acceso universal”, es decir, que el derecho de comunicarse sea para todos, en paralelo estemos construyendo una sociedad de “personas” aisladas que compiten entre si sin reglas y sin códigos comunes, sin colaborar en la construcción del bien común que debería ser por definición el propio. Diariamente vemos como para sobrevivir ya no es fácil mantener la dignidad, “el mundo es tan grande que cabe la historia de nuestra comunidad y su lucha por permanecer y asomarse al universo con dignidad”.

Nos han enseñado o hemos mal aprendido pensando que el mundo progresa compitiendo “darwinianamente”. Hoy debemos des-aprender y entender de la naturaleza que la única posibilidad de autosostenibilidad está en protejer el medioambiente y apoyarnos en la diversidad. Sabemos que colaborar (simbióticamente) es tanto o más importante para la supervivencia de las especies que y que el ecosistema impone un marco en el que sólo la colaboración permite sobrevivir.

Una sociedad conformada de personas que sólo compite entre sí y no colabora no tiene destino. En otras palabras, una red en la que los nodos sólo piensen en su beneficio personal no puede prosperar. Esa es la diferencia que había entre una cabina RCP histórica y el modelo de cabinas chicha sin otro objetivo ni propósito que ampliar el mercado y aumentar los ingresos de las grandes telco.

En esta situación, nos encontramos con quienes aceptan que el individualismo es la forma de ser a la que tendemos naturalmente. Toda sociedad tendería así a una masa de individuos que ven sólo por sí mismos.

La realidad nos ha demostrado que en esa situación tienden a aparecer espontáneamente desigualdades de ingresos y exclusiones. Unos pocos prosperan, la mayoría sobreviven, y unos muchos no tienen nada que esperar sino se organizan y resisten. Unos pocos “excluyen” a las mayorías escondiendose en sus frágiles reservas o ghetos hasta que la realidad de la “inseguridad” y la violencia los alcanza. Una situación que provoca la desesperación de los excluidos, económica y tecnológicamente. “El mundo no ha de ser muy grande porque los niños pobres no cabemos en él”.

Ignacio, el marido de otra amiga, nos contaba que en el barrio cerrado en que vive, uno de sus conocidos y vecino recorre todos los días trotando el perímetro para mantener la forma: el otro día un conjunto de muchachos desocupados que pasaba en bicicleta por fuera, viéndolo desde la calle a través del alambrado, le gritaron: “Ya te vamos a agarrar a vos …!!!”.

El vecino citó de inmediato a una junta de vecinos para solicitar que un guardia lo acompañe por “seguridad”. La anécdota hizo brotar una explosión de carcajadas… Los más pequeños vinieron corriendo desde el otro cuarto y nos preguntaron: ¿De qué se ríen?…¿De qué se ríen?

En esta mañana lluviosa de Buenos Aires yo también me pregunto, como hice toda la noche de insomnio ¿De qué nos reímos?

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