Las lagrimas de la derrota

Las lagrimas de la derrota
Por Jose Soriano – Tuesday, Jan. 10, 2006 at 5:39 PM
js@comunicarte.org

Siempre me pregunte cual era la dimensión de la derrota. Fuera de la Argentina es difícil medirla. Al regresar hace poco y tomar nuevamente contacto con la política, me doy cuenta y se acentúa mi duelo por la pérdidas.

“Es preciso considerar el pasado con respeto y el presente con desconfianza si se pretende asegurar el porvenir.” Joseph Joubert


Siempre me pregunte cual era la dimensión de la derrota. Fuera de la Argentina es difícil medirla. Al regresar hace poco y tomar nuevamente contacto con la política, me doy cuenta y se acentúa mi duelo por la pérdidas.

1. Primero y antes que nada por los que ya no están y que hacían la diferencia.
2. Por la anomia con que se responde a la ausencia de códigos comunes.
3. Por la maledicencia sistemática con que se remplazó la solidaridad y la alegría.
4. Por los círculos áulicos y la rosca con que se remplazó el debate, la participación y la autocrítica.
5. Por la honestidad intelectual perdida a cambio de suelditos de ñoqui agitado que no hace nada.
6. Por la soberbia de los dirigentes que tienen mucho talento pero han renunciado a pensar.
7. Por los líderes que han renunciado a la verdad y se refugian en la comodidad de que “la culpa es siempre de otro”.
8.Por los que no comprenden algo, y tratan de “legislarlo”.
9. Por los que usan a la gente y luego la abandonan hasta la próxima elección.
10. Por que con nuestra complicidad, todos los políticos forman parte de un “orden” injusto e hipócrita que privilegia la mediocridad y la premia.
11. Porque a pesar de los discursos, tienen códigos de capangas más que de políticos verdaderos.
12. Porque viven un orden lleno de ruido autoreferencial que toman por realidad.
13. Porque siempre quieren tener razón, no hacer política.
14. Duelo por tantas cosas, pero por sobre todo, porque nosotros, todos los argentinos, somos responsables de la derrota.
15. Esa derrota cotidiana que muchos viven como triunfo propio, y en realidad es siempre ajeno.

García Márquez, Gabo cuenta una historia espeluznante que tiene que ver con esto. Una mujer sueña que ocurrirá una desgracia horrible en el pueblo y se lo comenta a su hijo mayor en el desayuno.

El hijo reproduce el vaticinio a sus amigos en el billar. El rumor llega al carnicero, que lo repite en el mostrador.

Cada ama de casa cuenta la historia en la sobremesa del almuerzo; luego los maridos la expanden en sus empleos y los hijos en las aulas.

A las ocho de la tarde el pueblo entero padece una histeria tan brutal que provoca un éxodo sangriento. Entre la marabunta que corre, la madre del sueño encuentra a su hijo y le dice:

—¿Viste m’hijo, que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?

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