Por José Soriano
(en construcción)
“Patanes, no soporto a los patanes”.
Retumbaba la afirmación en el bunker de Dante Caputo en la Av. Callao y Córdoba. Con voz ronca, la mujer de Joaquín Lavado (no recuerdo su nombre) denostaba la realidad que había elegido como presidente al rival de Angeloz. Me voy del país -decía-, pues no puedo vivir en el mismo territorio que alguien que se fotografía en calzoncillos rojos para las revistas la mañana en que ganó. Patán, patán, repetía enojada.
Sus palabras marcaron también el final de mi cuarto regreso a la que sus nativos llaman “esta ciudad de mierda”, pero que por alguna razón es mi preferida.
Es verdad que esta vez me marché de Buenos Aires (1991) menos expulsado que otras veces de un momento en la que no encontraba acomodo. Me resultaba desagradable. Fuí afortunado, de la mano de organismos internacionales regresé al que siempre ha sido mi santuario, el Perú de mis orgullos, sus caletas y mis mares.
En esta nueva fuga hacia adelante, como siempre de retorno en otro lado, el objetivo fue crear el Internet del Perú; pero eso sí, sin colgar los cuadros de entrada, como aconsejaba mi colega de Clarín don Carlitos Ulanovsky a quién leía admirado en esos tiempos.
Ahora, con los años pasados bajo el puente y la alameda, me doy cuenta que también me fui por costumbre, por esa facilidad que me dio el origen y el exilio de poder saltar de un lado a otro buscando alternativamente un lugar en esas pertenencias múltiples que me privilegian.
Pero no te creas, como decía la abuela Eloísa, todo tiene un costo, oye. Si no me crees pregúntale a la Perricholi…(- la perra chola le decían a la amante del Virrey-).





“Patanes, no soporto a los patanes”.


