En algún momento de las elecciones presidenciales, en noviembre del 2007, me pareció razonable opinar: “Viva la monarquía; haga campaña para tener un principe Argentino”. Pero, porteño desde hace años, como la mayoría de los que vivimos en estas latitudes, soy rápido para tirar la piedra y esconder la mano para poder trabajar. Corren tiempos extraños y es casi imposible mantener la dignidad y el trabajo al mismo tiempo. En todo caso me ha pasado hasta con amigos cercanos. Ya no se acepta, no nos aceptamos el más mínimo discenso. La violencia que genera la pérdida de vocabulario, la falta de glosario compartido, ni que hablar de la educación conforman los fragmentos de una sociedad que tiene todo para sumar y sin embargo sólo sabe restar. Que pena.
El ascensor social parece estar en reparaciones. Las múltiples exclusiones que generamos nos son devueltas con violencia y en lugar de asumirla y resolverla estructuralmente, atribuimos la culpa “mágicamente” al gobierno, o a cualquier otra causa que no nos involucre. Los argentinos han, hemos sido pasivos y agresivos alternativamente siempre. ¿No será tiempo de intentar otra cosa? Pensando a muy largo plazo, ¿Asertividad?, o por lo menos un poco mas de educación, Pero, ¿que tipo de educación?.




