Leyendo a Estrella, “no hay Arlt sin ciudad absoluta” y a los comentarios de Koba recordé las calles y los alambrados del potrero de la casa de mi abuela, y las calles bordeadas de plátanos en el Adrogué de las vacaciones de mi infancia. Me permitieron evocar al que para mí es suburbano, al Roberto Arlt de mis lecturas y todo aquello que me hacía oler, escuchar y sentir al leerlo.
Pero por sobre todo me han traído a la memoria a Diana Guerrero vestida de negro, preciosa en su estilo, despues de una fiesta en casa. Nos quedamos. Aprovechamos la casona vacía de mi madre y después. Me enseñó muchas cosas, también a otro Arlt, -El Habitante Solitario -, el que ella veía y estudiaba. Allá, en Adrogue, perfumados de magnolias, en la casa de mi madre. Nos vimos por última vez en una cena, en casa de Pedro, cuando el silencio aún era complicidad en la esperanza.




