
La fantasía de crear obras de arte sin esfuerzo ni trabajo es el sueño de alguien que conozco, tan perezoso, tan perezoso, que en su casa lo llaman “el comechado”. La tecnología está colmando dicha ilusión. La escritura automática es el proceso o resultado de la escritura que no proviene de los pensamientos conscientes de quien escribe. Están apareciendo en la red herramientas que exaltan capacidades, en este caso las gráficas que permiten la ilusión de creer que uno hace arte automático.
Es la misma tecnología que nos enclaustra en un monasterio de computadoras, teléfonos, aparatos de música en el que andamos como autistas, somos como monjes copistas antes de Johannes Gutenberg. Es esa misma tecnología la nos ubica en un mundo de relaciones infinitas pero siempre ausentes, virtuales, que como dice muy bien la Condesa, no pueden compararse a una relación personal. Hace muchos años en Lima, entrevisté a don Mario Vargas Llosa. Quedé asombrado del proceso industrial que tenía su producción literaria y que lo hace tan prolífico.
Lo mencioné en una nota en Siete Días que me encargó Germán Sopeña y que Varguitas me reprochó por carta primero, y personalmente dos años después en otra entrevista, esta vez en Buenos Aires para Clarín y radio Belgrano. Gracias a él le perdí el respeto a la fama y aprendí a ver a quienes admiraba como personas llenas de contradicciones, como cualquiera de nosotros.
Un conjunto de secretarias entrevistaban los personajes, hacían la investigación histórica y escribían un extenso manuscrito que luego el escritor corregía y le sumaba trazos de su talento. Eficiente, aunque para mi perdió la magia.
En ese momento el manuscrito que pude ver tenía 2000 páginas y poco tiempo después fue publicada como la Historia de Mayta, un ex guerrillero devenido heladero que se quejaba por no haber recibido la plata que merecía -que le habían prometido, decía- cuando le hicieron las entrevistas. Era el heladero de la vuelta de mi casa miraflorina, que queda a pocas cuadras de la mansión del escritor del otro lado de la quebrada que forma el camino que baja a las playas de Chorrillos.
Pero en realidad no deseaba contar una anécdota como tantas otras, trataba de hablar de los programas de dibujo automático en la red que algún pretencioso marketinero llama arte. Se trata mas bien de “instalaciones”, experimentos tecnológicos que andan en la búsqueda o investigación. Pero arte…uhm. En la red, los programas de computadoras permiten con sólo un click («Try», «Create», etc.), una marejada de creaciones gráficas aleatorias, únicas. No siempre son buenas o satisfactorias entonces simplemente hacemos otro click y todo queda borrado. Es el caso de un programa que descubrí esta mañana y que complementa otros que despiertan mi curiosidad.
Como bien acota la Condesa en el comentario más abajo el talento es lo que hace la diferencia y no todos lo tienen. Yo lo extraño todo el tiempo. As the wonderful countess says: «Try it again, Sam».
Perdonen, después sigo porque me quedé sin tiempo…





