
Publicado originalmente en Junio 24, 2007 a las 15:16 por José Soriano
El viernes 22 he cumplido años y por fin he llegado a la edad en que me es permitido declarar con soberbia extrema que tan sólo soy un ignorante.
Puedo a los casi 60, renunciar a títulos y honores y más liviano zambullirme en esta nueva era donde el ego puede regocijarse en el contenido más que en el paquete. Qué remedio queda, si ahora todos me llaman señor.
Descubro que para resolver la realidad educativa, política y social, no es suficiente la comodidad de la cólera moral y la sola denuncia del diagnóstico primario. Es evidente que es necesario el doloroso ejercicio de tratar de comprender por qué la realidad es como es, y buscar caminos que nos lleven a las soluciones, que como las brujas, “que las hay, las hay”.
A partir de eso, lo que pasa es que me he dado cuenta de que, en edad de ser abuelo, ya no me basta con no tener certezas y que me surjan a borbotones las preguntas. Que aunque no tenga canas para lograr la paz y derrotar al insomnio, me urge olvidar lo aprendido y comenzar el calvario de confiar en lo que he adquirido. Lo dicho, a partir de hoy soy “oficialmente” ignorante. 
No sé si se trata de una manera de justificar los olvidos naturales que trae el tiempo, pero dejo atrás los malos tragos, voy por más y renuevo el deseo vital de intervenir en la realidad social de esta época, la de mis hijas menores y mi primer nieto.
Como cuenta un chiste en los diarios de este frío y soleado domingo porteño, estoy interesadamente preocupado en Hamérica Latina. Sí, así, con “h”, por lo hipócrita de la sociedad que hemos sabido construir, aquí y ahora, que estamos en democracia y votando.
Entonces, para superar el chiste verdadero, el único camino para lograr lo contrario es hacer el muy penoso ejercicio del olvido o del des-aprendizaje, forzando nuestra naturaleza para no generalizar y encontrar las razones verdaderas: la realidad es como es y no de otra manera. Es a partir de ella que hay que comenzar a caminar.
Funes, el memorioso, como nos ocurre a veces a todos, tenía un gravísimo problema: no era capaz de olvidar. Lo recordaba todo, cada instante, como cuenta Borges en esa ficción extraordinaria. Tardaba 24 horas en recordar un día, de manera que su vida era una imposibilidad.
“Que los ministros, que los sindicatos, que la educación, los sabios y los ignorantes, que las políticas, y todos los argumentos usamos diariamente…”; A veces los debates sobre la sociedad y la educación son así de literales, de 24 horas, y entonces es difícil de encontrar una salida.
Porque para recordar hace falta olvidar, y en este caso des-aprender, tal cual acaba de comprobar un estudio publicado en Estados Unidos, el primero en registrar imágenes de los cerebros de personas cuando eliminan recuerdos perturbadores o molestos (ver “Afirman que desechar recuerdos irrelevantes ayuda a memorizar“).
Leo los diarios y las revistas del domingo y encuentro joyas que me vienen, es de esperar, “como anillo al dedo”. Una nota en la revista veintitrés de Emilio Tenti Farfani, un experto del CONICET y consultor de UNESCO en educación, autor de un libro magnífico que pone en duda todos los lugares comunes y a mí me regala la posibilidad de resignificar lo que estoy pensando.
La incorporación masiva de las nuevas generaciones a la escuela no resulta un proceso exitoso debido a que esa integración convive con un marco de exclusión social que debe ser tenido en cuenta con el fin de adecuar la oferta escolar a la inédita y compleja problemática social que hoy tiene que afrontar.
LA ESCUELA Y LA CUESTIÓN SOCIAL interroga algunos clichés frecuentes en las discusiones sobre educación: la supuesta correlación entre años de escolarización y el desarrollo de conocimientos; la neutralidad aparente de diversos actores que intervienen en la polémica, como la Academia y la Iglesia; y el predominio de cierto discurso científico que desdeña la evidencia empírica, es decir, aquello que ocurre concretamente en las aulas.
En una sociedad donde los consumos culturales masivos, las dificultades del mercado laboral y la desigualdad obstaculizan la integración social, el paradigma escolar tradicional ya no le sirve al conjunto de la sociedad, ni a los docentes, ni a los alumnos.
Con claridad teórica y conciencia del presente, este trabajo de Emilio Tenti Fanfani incluye en el debate educativo a un público mucho más amplio y lo compromete en la construcción de una sociedad más justa, más libre y más próspera, donde la educación básica deje de ser sólo un asunto de especialistas, técnicos e intereses corporativos.
En el campo de la educación y la pedagogía hay muchísimos discursos llenos de justa indignación moral pero que son callejones sin salida que sólo apuntan a testimoniar lugares comunes.
Max Weber decía que no es posible pedir al pensamiento científico que determine los fines o los valores de los hombres. Eso es tarea de los ciudadanos y de la lucha política.
Pero si los ciudadanos renuncian a hacer valer sus derechos, no son los intelectuales y mucho menos los políticos los que definirán los valores o cuál es la sociedad mejor para todos. Serán los mercaderes y los especuladores y si los dejamos nuestra será la culpa. Unos y otros son sólo espejos de las relaciones de poder en ese momento. Porque los valores no se imponen por razonamiento científico. ¿Sera por necesidad?
La realidad suele ser mucho más compleja, y hoy se elige a partir de la complejidad y simpleza que fijan los medios de manera torpe e irreflexiva. Es decir, renunciamos a pensar, le echamos la culpa a quien se nos diga y elegimos lo que brilla y tiene más bonitos colores. ¿Eso estará bien?
Como bien se ha dicho en mensajes anteriores, la mayoría de las deficiencias en la generación de políticas educativas se debe más a torpeza y desconocimiento de quienes las formulan que a intencionalidades e intereses específicos.
Hoy es imposible hacer política educativa si no somos capaces de mirar la realidad fuera y dentro de la escuela. No es posible si no reconocemos la pobreza de medios, infraestructura, formación y descontento docente.
Reconocer desde la realidad de los alumnos reales, nuestros hijos, que nos cuestionan con razón pues pretendemos darles una educación que no pone en duda, que no forma espíritu crítico, que no da herramientas de análisis, que sólo piensa en dar cartones y no en formar seres humanos.
Son tantos y tan profundos los cambios que ha sufrido la sociedad que la vieja oferta escolar, el tradicional modo de hacer las cosas, es impotente para cumplir el objetivo que se le reclama (acumular conocimientos y valores).
Los alumnos tienen tanta o más información que los maestros y se los deja solos, aburridos por la reiteración de recitados de paporreta. Hemos renunciado a enseñarles a partir de la experiencia qué se puede hacer, a dónde apuntar, para que esos valores sumen individual y colectivamente en la construcción de la sociedad en que estamos y la que deseamos ser. ¿de quién es la responsabilidad?
Porque, en definitiva, la educación no es sólo cosa del Ministerio, mucho menos del ministro de turno. La educación es asunto nuestro, de todos, a nuestros hijos no les alcanza con que nos limitemos a la queja, por más elaborada que esta sea.
Al igual que la necesaria “asociación de usuarios de Internet” es poco lo que hará el sistema, cualquier sistema, si los ciudadanos no ocupamos nuestro lugar y defendemos nuestros derechos.
Como en todo es urgente saber ¿qué país queremos? ¿dónde vamos? ¿cómo hacemos?, ¿cuándo comenzamos?.
Como dice la firma, “todos somos más que yo”. Entonces, parafraseando al gran poeta uruguayo, ” a des-aprender, a des-aprender, porque la educación, es mía, tuya y de aquél…”




